Soy vigilante de seguridad

Soy una persona. Soy la persona que hizo un curso en una academia privada para preparase para un examen físico, teórico y obtener un título acreditado por la Policía Nacional y el M° de Interior que me habilita como Vigilante de Seguridad.

No soy vigilante por vocación, si no por circunstancias de la vida… pero, aún así, hice un gran esfuerzo para ser un trabajador cualificado. Soy la persona que, con 18 años y toda la ilusión del mundo, se lanzó a la seguridad privada poniendo cuerpo y alma, a pesar de no ser mi vocación, aprendiendo sobre la marcha a base de observar y probar.

Soy la persona que lleva más de veinte años aguantando turnos de 10 y 12 horas, algunos de hasta 16, de pie, con un uniforme incómodo y un gran peso en la cintura, sonriendo a miles de personas y explicando UNA Y OTRA VEZ las mismas dudas, aguantando a cambio insultos de todo tipo, amenazas y agresiones de personas que no están conformes con normas que yo no he establecido, con las que no necesariamente estoy de acuerdo pero que debo hacer cumplir.

Soy esa persona a la que tantos desprecian con razones tales como:
“es un policía frustrado”,
“le pagan por no hacer nada”
o “es un segurata…”.

Soy el vigilante al que le dan órdenes contradictorias que debe cumplir a la vez, el vigilante que se juega su puesto de trabajo cuando alguien, no conforme con que le haya sorprendido robando en una tienda o colándose en el tren o metro decide poner una reclamación en la que inventa sin vergüenza ninguna que le he insultado o agredido.

Soy el vigilante que le da los buenos días a su pareja por teléfono, el que nunca está en los cumpleaños y falta a cenar en nochebuena, el que no está para ver las caras de sus familiares abriendo los regalos de reyes, el que apenas ve a su pareja por culpa de los horarios imposibles.

Soy la persona a la que casi nadie da las gracias. A la que reprenden en cuestión de segundos si se equivoca pero nadie felicita por lo bien que hace su trabajo. Soy la persona con dolores crónicos de espalda, rodillas y pies.
La persona a la que no se le permite apoyarse en la pared en sus 10 o 12 horas de servicio porque “da mala imagen”. Soy la persona que come en media hora, en cuartos pequeños, sucios…

Soy la persona que no tiene derecho a tener nevera ni microondas, ni a salir a comer fuera del lugar donde presta servicio. Soy la persona que trabaja a más de 40 grados en verano con un pantalón de lana y una camisa o polo, con botas o zapatos cerrados; la persona que trabaja bajo cero en invierno, con grietas en las manos del frío y la persona que lleva interpuestas cientos de denuncias dando la cara y el dinero.

Soy la persona que debe atender a cualquiera que tenga un problema de salud, la persona que debe practicar los primeros auxilios hasta que llega una ambulancia, la que debe tratar de sofocar las llamas hasta que llegan los bomberos, la que debe quedarse hasta haber desalojado las instalaciones donde presta servicio en caso de emergencia, aún con riesgo de la propia vida.

Todo esto por menos de 1000€.

La próxima vez que me veas, te agradeceré infinitamente que me des los buenos días o las buenas tardes, que me digas “por favor” o “gracias”, que no juegues con mi pan inventándote que te he tratado mal si no es verdad.

Agradeceré que recuerdes que, debajo de la placa que llevo junto al corazón, hay una persona que trabaja en condiciones duras, que tiene sentimientos y una familia y que, casi con total seguridad, no eligió su profesión para reprimir ni dominar a nadie.