El síndrome del (mi) corazón roto

Escucha, mi corazón no está roto.
Si lo abres, sigue siendo una cajita de música de melodía un tanto desafinada, solo que ya no suena para tus oídos.
Aun así te deseo algún que otro infierno. Por ejemplo: una resaca eterna y un mundo borroso en azul y negro,
que me recuerda a lo poco que compartimos juntos.
Hay a quien le repugna la suavidad del melocotón,
¿puedes creerlo?
A mí me disgusta la rugosidad de aquel último encuentro.
Tus manos, con la palma hacia abajo, insinceras.
Las mías hacia arriba, francas.
Sé que alguna vez te cruzarás por mi mente e intentaré espantarte como a un insecto, temerosa de que me inocules tu delicioso veneno y me revuelva de nuevo en la fiebre y el desazón.
Pero eso ya no puede suceder.
Hoy he visto un diminuto rayo de sol caer abriéndose paso entre los árboles, cayendo sobre un improvisado jardín de flores silvestres como si fuera a dar lugar una aparición divina. (suena cursi, ¿eh?)
Podía palparse la luz con las manos.
Esta tarde he vuelto a mirar las cosas más simples con asombro.
Brisa, verano, quietud, agua fresca.
Un banquito. Un cuaderno. La mente en orden.
Lo cierto es que cada vez hay menos cosas
que me recuerden a ti.

Ana Elena Pena
Pequeño Catálogo de Animales Heridos
Ed. Arrebato Libros

 

 

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